Como suele ocurrir, un traspiés me hizo aprender esta regla del savoir vivre trobiandés. Uno de mis acompañantes en Omarakana, llamado Moradeda, tenía unas facciones que me habían llamado la atención y fascinado desde el primer momento por la extraña similitud que presentaban con el tipo aborigen australiano: cabello ondulado, rostro ancho, frente baja, nariz muy gruesa con el caballete hundido, boca ancha de labios salientes y mentón prognato. Cierto día me sorprendió la aparición de un hombre que parecía la misma imagen de Moradeda, por lo que pregunté cuál era su nombre y lugar de residencia. Se me dijo que era el hermano mayor de mi amigo, habitante de una aldea lejana, a lo que exclamé… ¡Ah, con razón! pregunté quién era usted porque su rostro es igual... igual al de Moradeda». Se produjo tal silencio entre la concurrencia que lo advertí inmediatamente. El hombre se dio vuelta y nos dejó; una parte de los presentes miraron, entre turbados y ofendidos, y pronto se dispersaron. Entonces mi informante confidencial me hizo saber que yo había faltado a la costumbre y cometido lo que se denomina «taputaki migila», expresión técnica aplicada sólo a este acto, que podría traducirse por «profanar-comparando-a-un-pariente-su-rostro». Lo que más sorpresa me causó en esta discusión fue que, a pesar del notable parecido entre los dos hermanos, mis informantes se negaban a admitirlo. En verdad, hablaban del asunto como si nadie pudiera parecerse jamás a su hermano ni a ningún pariente materno. Causé bastante enojo a mis informantes al insistir sobre este punto.
Otra metedura de pata de Bronislaw Malinowski, en su estudio «Singulares pretensiones de la paternidad sociológica», en La vida sexual de los salvajes del nordeste de la Melanesia (1929). Desconozco si alguna vez se ha llevado la vida de Bronislaw Malinowski al cine, pero les aseguro que saldría una película bien divertida. Lo bueno de Malinowski era que fallaba, metía la pata, intentaba convencer a los trobiandeses de sus ideas occidentales como, por ejemplo, que la fecundación se producía con el acto sexual (y no con unos espiritejos habitantes del lago), y los lugareños se le choteaban, se le reían en la cara al pobre hombre. Otros antropólogos hubieran callado esas escenas humillantes pero, sin embargo, Malinowski las cuenta con detalle y saca de ellas interesantes conclusiones. Por eso se nos hace tan humano Malinowski, con sus fallos, su desconocimiento de las reglas de etiqueta trobiandesa y sus meteduras de pata hasta el corvejón. Qué majo hombre.
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sábado, 2 de octubre de 2010
Taputaki migila
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