El hombre con las botas de goma manchadas de barro abre la puerta de su casa y se encuentra frente a un largo pasillo que recorre con los ojos. Ahora, dos segundos más tarde, camina a lo largo del pasillo, dejando tras él las huellas de barro húmedo de sus pisadas. Se quita, primero la izquierda, luego la derecha, las botas de goma manchadas de barro, las deja a un lado del pasillo y prosigue su camino. El hombre con los calcetines de lana manchados de barro abre una segunda puerta y se encuentra frente a otro largo pasillo que recorre con los ojos. Ahora, dos o tres segundos más tarde, camina a lo largo del pasillo, dejando tras él las huellas de barro húmedo de sus pisadas. Se quita, primero uno, luego el otro, los calcetines manchados de barro, los deja hechos una bola a un lado del pasillo y prosigue su camino. El hombre con los pies descalzos manchados de barro abre una tercera puerta y se encuentra frente a otro largo pasillo que recorre con los ojos. Ahora, cuatro segundos más tarde, camina a lo largo del pasillo, dejando tras él las huellas que sus pies desnudos manchados de barro húmedo dejan sobre el suelo.
domingo, 19 de junio de 2011
miércoles, 5 de enero de 2011
Más sobre los Bucklan
Durante una visita a Italia, a los siempre curiosos Buckland les mostraron una mancha en el suelo de una iglesia en el lugar donde un santo había sido martirizado. Cada mañana, les dijeron, la sangre fresca se renovaba milagrosamente. Inmediatamente, William se arrodilló en el suelo y aplicó su lengua a la mancha húmeda. No es sangre, informó a sus anfitriones. Él sabía perfectamente lo que era: nada más que orina de murciélago.
Walter Gratzer, Eurekas y euforias, Crítica, Barcelona, 2004, p. 44.
miércoles, 29 de diciembre de 2010
William y Francis Buckland y el buen apetito
William Buckland (1784-1856) fue el primer ocupante de la Cátedra de Zoología en Oxford y pasó su extraordinaria excentricidad a su hijo Francis, un zoólogo autor de Curiosidades de Historia Natural y durante algunos años inspector de las pesquerías de salmón. Los Buckland hicieron un hábito de comer, con espíritu de curiosidad científica, cualquier animal que se cruzara en su camino. Francis llegó a un acuerdo con el zoológico de Londres para recibir una pieza de cualquier cosa que muriese allí. Los visitantes de la casa de los Buckland, además de sufrir las insinuaciones del burro mascota y otras criaturas que en general no se encuentran en un salón, corrían el riesgo de que se les ofreciesen manjares tales como ratón en croúte o una cabeza de marsopa en lonchas. William mantenía que el asado de topo había sido la cosa más desagradable que había comido hasta que probó los moscardones guisados. Cuando un amigo suyo, el arzobispo de York, le mostró una caja de rapé que contenía el corazón embalsamado de Luis XVI que el prelado había comprado en París en la época de la Revolución, William Buckland manifestó que nunca había comido el corazón de un rey y antes de que se lo pudieran impedir lo había cogido y se lo había tragado.
Walter Gratzer, Eurekas y euforias, Crítica, Barcelona, 2004, p. 43.
En la imagen, de izquierda a derecha, William y Francis Buckland.
lunes, 27 de diciembre de 2010
Caruso, tocando

Enrico Caruso, que empezó a cantar en Estados Unidos en 1903, fue probablemente la mayor celebridad cultural de la época; cuando fue detenido por manosear a la mujer de un jugador de béisbol en la casa de los monos del Central Park, la noticia apareció en las portadas de los periódicos de todo el país.
Alex Ross, El ruido eterno, Seix Barral, Barcelona, 2009, p. 46.
El ruido eterno no es el Hollywood Babilonia de Kenneth Anger de la música del siglo XX, pero en él también se puede encontrar algún cotilleo jugoso. Cuando Ross se pone a hablar de escalas musicales de tonos enteros y de tritonos, me pierdo, claro.
En la foto, Enrico Caruso tocándose a si mismo.
martes, 14 de diciembre de 2010
Sobre Catalina de Médicis
La reina francesa del siglo XIV Catalina de Médicis disponía del dinero y de los medios para acceder a cualquier tratamiento cuando no conseguía quedarse embarazada. Primero eligió a una sanador, quien le recomendó beber orina de yegua y empapar su «fuente de la vida» (¿la vagina?) en un montón de excrementos de vaca mezclado con astas de venado pulverizadas. Lo cierto es que el rey nunca se sintió sexualmente atraído por su esposa y es dudoso que el pañal de estiércol fuera un afrodisiaco eficaz. Con el tiempo, los Médicis acudieron a un médico, quien determinó que los jóvenes monarcas tenían órganos reproductores defectuosos y recomendó un tratamiento muy distinto. No sabemos cuál era, pero el caso es que funcionó. Tuvieron nueve hijos. Entre la sabiduría popular y la médica, la reina decidió probar su propia táctica personal: ordenó a sus criados que perforaran un agujero en el suelo para poder observar a su marido cuando este se acostaba con su amante y así aprender un par de cosas sobre cómo se hacen los niños. Quizá esa fue la clave.
Randi Hutter Epstein, ¿Cómo se sale de aquí? Una historia del parto. Turner, Madrid, 2010.
jueves, 11 de noviembre de 2010
Sobre la manera de limpiar una carpa
[...] Una vez en casa, tuvimos no poco trabajo en limpiar y sazonar aquel enorme pescado resbaladizo, enfangado y espinoso. Por fortuna, se ocupó de ello Gardener, un viejo y entusiasta peón, en apariencia enteramente hotentote, cuya larga y agitada trayectoria incluía una temporada como pescador en Saldanha Bay. A diferencia de los otros trabajadores de color de El Cabo, este hombre no vendía su ración legal diaria de tres botellas de jerez —en realidad un fuerte moscatel que se cotizaba a chelín el litro— a los obreros africanos que por entonces tenían vedado comprar nada que no fuese cerveza Kaffir en las licorerías oficiales. El se la bebía íntegra.
Gardener (nadie conocía su verdadero nombre) pidió para limpiar el pescado una botella de brandy barato y trabajó duro en la pila que había fuera, al pie de la escalera. Como fuera, el caso es que, cuando acabó, no quedaba una gota de brandy y él, además de cortarse los dedos, había bajado rodando dos tramos de escalera. Al regresar lo encontré inconsciente; el médico del vecindario le estaba practicando unos puntos de emergencia y por la escalera goteaba una mezcla de agua, barro y sangre humana y de pescado. A pesar del accidente, Gardener sobrevivió para cumplir por varios años su consumo diario de jerez.
Sheila Patterson en «Sabrosos platitos de El Cabo», La cocina de los antropólogos, edición de Jessica Kuper, Tusquets, Barcelona, 2001, pp. 187-188.
lunes, 25 de octubre de 2010
Sobre las moscas australianas
Las moscas son sin duda pesadas en todas partes, pero la variedad australiana se distingue por su particular persistencia. Si una mosca australiana se te quiere meter por la nariz o la oreja, no hay forma de impedírselo. Golpéala cuanto quieras, se pondrá fuera de alcance pero volverá en seguida. Es imposible frenarlas. En algún descubierto del cuerpo hay un punto del tamaño de un botón que la mosca quiere lamer y pellizcar y revolotea delirantemente a su alrededor. No es sólo su persistencia, sino sus objetivos. Una mosca australiana intentará chuparte la humedad del globo ocular. Si no la apartas constantemente, intentará meterse en partes de tu oreja que un palito de algodón no podría ni soñar. Morirá feliz por la gloria de descargar en tu lengua diminutos excrementos. Cuando tienes treinta o cuarenta bailando a tu alrededor, la locura está a la vuelta de la esquina.
Bill Bryson, En las antípodas, Rba, Barcelona, 2006, p. 194.
Ya les he dicho alguna vez que En las antípodas es el libro de viajes más divertido de todos los libros de viajes, o más. En él encontrarán políticos devorados por tiburones; modelos de pasarela devoradas por cocodrilos; todos los animales mortalmente venenosos que se puedan imaginar; exploradores muertos en mitad de la nada de un desierto; exploradores bebiendo su orina y la de sus caballos para no morir deshidratados; exploradores comiendo crías de marsupiales y dingos —con piel y todo— para no morir de inanición; pueblos fantasma, carreteras y vías de tren rectas que no tienen fin; figuras reclamo gigantes; árboles todo terreno adaptados a todo tipo de climas y terribles plagas de conejos. No se puede pedir más en 414 páginas. Y lo mejor de todo, que tras leer todo eso, te entran unas ganas locas de viajar a ese país más que a ningún otro lugar del mundo. ¿Qué me queda por decirles? que escriban en su buscador de imágenes "Bill Bryson" para que vean lo guapete que es y así se convenzan del todo.
martes, 19 de octubre de 2010
¡Vitalizer!
Hace aproximadamente medio siglo se comercializó en Estados Unidos con gran éxito el «vitalizer», un aparato fraudulento, supuestamente revitalizador, consistente en una linterna eléctrica unida a una varilla de metal por un cable. Esta varilla se introducía por el ano del usuario, encendiéndose a la vez la linterna. De este modo, una corriente eléctrica recorría todo el cuerpo, llevando (según los estafadores que lo lanzaron al mercado) la juventud y la revitalizada fuerza al cuerpo de quien siguiera este sencillo procedimiento.
De El libro de los hechos insólitos de Gregorio Doval, Alianza Editorial, Madrid, 2005.
viernes, 20 de agosto de 2010
viernes, 30 de julio de 2010
Tres años sin Ingmar Bergman
Siempre he sufrido de lo que se llama vientre nervioso, una calamidad tan ridícula como humillante. Mis intestinos han saboteado mis esfuerzos con una refinada e inagotable riqueza inventiva. La escuela fue un martirio incesante, ya que jamás podía prever cuándo me iba a dar el ataque. El hacerme de repente en los pantalones es una experiencia traumática. No se necesita haberlo sufrido muchas veces para estar constantemente preocupado.
A lo largo de los años he aprendido pacientemente a dominar mi dolencia hasta tal punto que he podido realizar mis actividades sin interferencias demasiado patentes. Es como albergar un demonio mal intencionado en el centro más sensible del cuerpo. Puedo controlarlo por medio de férreos rituales. Lo que limitó seriamente su poder sobre mí fue mi decisión de que era yo y no él quien mandaba sobre mis actos.
No hay medicina eficaz ya que o restriñen o actúan demasiado tarde. Un medico inteligente me dijo que debería aceptar este handicap y obrar en consecuencia. Es lo que he hecho. En todos los teatros en los que he trabajado un cierto tiempo, he tenido mi propio retrete. Esos retretes son, probablemente, mi permanente aporte a la historia del teatro.
Ingmar Bergman, Linterna mágica, memorias. Tusquets, Barcelona, 2007, p. 72.
lunes, 12 de julio de 2010
De las carnes varias
Si se dedica a escrutar las etiquetas de la sección de cárnicos del supermercado, quizá haya visto alguna vez que algunas salchichas cocidas contienen «carnes varias». Con este eufemismo se indica que se ha utilizado desde cualquier parte hasta la totalidad del músculo no esquelético del animal: corazón, cerebro (excepto cerebro de vaca), intestino grueso (mondongo), bazo (pajarilla), páncreas y glándulas del timo (mollejas), riñones, hígado, labios y lengua.
En los perritos calientes, las salchichas y otros productos cárnicos de origen desconocido podemos encontrar todavía otras partes de animales: sangre, tuétano, mejillas y otros residuos de la cabeza (rostrera), pies o pezuñas (manos de cerdo), rabo (rabo de buey), estómago, pulmones (bofe o liviano), imtestino delgado (tripas de embutir), piel (cortezas de cerdo), paredes del estómago (tripas) y testículos (criadillas).
Robert L. Wolke, Lo que Einstein le contó a su cocinero 2, Robinbook, Barcelona, 2005.
Y hoy celebramos el cumpleaños de nuestro querido Tod Browning, que es un señor que empezó trabajando en el circo como cadáver viviente y acabó dirigiendo películas sobre el circo (Freaks, 1932) y sobre vampiros (Drácula, 1931), entre muchas otras. Un tipo consecuente.
viernes, 21 de mayo de 2010
A falta de efectos digitales, buenos son los sesos de ternera
Kubrick había querido que la película [Espartaco] fuese tan brutal como fuera posible, a fin de poner a la gente en contra de la guerra. [Bud] Westmore [maquillador de la película] dijo que había contratado a personas a las que les faltaban miembros, e incluso a un tipo al que le faltaba parte de la cabeza, y los maquilló poniéndoles miembros falsos. Al que le faltaba un trozo de cabeza le golpeaban con una maza y le caían sesos de ternera por una lado de la cara. A uno que le pasaba algo en la parte baja del torso, le hicieron uno nuevo, lleno de auténticos intestinos de animal, que se derramaban cuando le acuchillaban.
John Baxter, Kubrick, biografía, T&B Editores, Madrid, 2009, p. 137.
miércoles, 7 de abril de 2010
Para el gusto se inventaron los colores
– ¡A Carmen, mi hija...! Le encanta, se lo toma... "Mamá, dame suero. Déjame que me lo tomo yo..."
Leído en el blog del Sr. Cano.
jueves, 1 de abril de 2010
Lon Chaney enmascarado
Hoy es el 127 cumpleaños de Lon Chaney (el padre, del hijo hablaremos cuando le toque) y para celebrarlo ponemos esta foto de Lon Chaney en el papel de fantasma de la ópera en la película muda El Fantasma de la Ópera, de Rupert Julian (1925). No sé a ustedes, pero a mí cuando me deja de dar miedo Lon Chaney es cuando la bella Christine le arranca la máscara. Ya, con la cara desnuda, se hace simpático el hombre, vulnerable, humano, más entrañable. Me da más miedo la máscara que le oculta el rostro. Miren qué careta más inexpresiva. Miren sus rasgos suaves, amables, de maniquí de escaparate, modelados para imitar las facciones de una persona bien parecida. Observen la gasa fina que cubre la zona inferior de su rostro. Y las cejas, cuidadosamente delineadas con pincel. El miedo, el horror, está ahí.
jueves, 25 de marzo de 2010
Un chiste soso de Drácula
Que está Drácula de niño en su habitación jugando con la GameBoy y le dice su madre desde la cocina:
—¡Drácula, hijo, baja a cenar, que se te va a coagular la sopa!
sábado, 20 de febrero de 2010
De las piedras que se engendran en el cuerpo humano
En el año 1566, los hijos de maese Laurens Collo, hombres muy experimentados en la extracción de piedras, sacaron una del grosor de una nuez, y en medio de ella se encontró una aguja de las que habitualmente usan los sastres. El enfermo se llamaba Pierre Cocquin, vivía en la calle Gallande, cerca de la plaza Maubert, en París, y aún hoy vive. La piedra fue mostrada al rey en mi presencia, junto con la citada aguja, que los Collos me dieron para que la guardara en mi gabinete; la conservo, y actualmente aún está en posesión mía, en recuerdo de cosa tan monstruosa.
Ambroise Paré (1509-1590), Monstruos y prodigios, Ediciones Siruela, Madrid, 1987.
En la foto, la Jazz Band de Lydbrook (Gloucestershire) en el año 1953.
jueves, 18 de febrero de 2010
Adiós Thylacinus cynocephalus
Aquí pueden ver (en dos vídeos) las únicas imágenes en movimiento que se conservan de un Thylacinus cynocephalus, tilacino, lobo marsupial, lobo de Tasmania o tigre de Tasmania. Las rodó el naturalista David Fleay en 1933, año de la llegada del ejemplar al zoo de Hobart (Tasmania). Murió tres años después, el 7 de septiembre de 1936 (el mismo día del nacimiento de Buddy Holly) y... se acabó el Thylacinus cynocephalus.
Veo y reveo los vídeos y me producen la misma sensación que si mirara una película casera en super 8 de un familiar querido y desaparecido.
En la foto, un cazador de tilacinos en 1869.
lunes, 8 de febrero de 2010
Dentro de una vaca (II)
Mi cuñao tiene una granja de vacas lecheras. Cuando las insemina procede a meter el brazo por el recto de la vaca (con un guante largo) para sujetar el cuello del utero y que encare bien el tubo dosificador de semen que introduce por la vag..., por el chocho.
Antes de hacer esto se asegura de que el animal ha cagado convenientemente pero una vez no se aseguró y por alrededor del brazo salió a alta presión un chorro cónico de diarrea vacuna.
Todos los presentes que estaban observando el procedimiento quedaron verde oscuro por delante e impolutos por detrás. La pena es que no hay fotos de esto.
Comentario de Miguelgato en la entrada anterior a propósito de las vacas y la inseminación.
martes, 22 de diciembre de 2009
La selva
Así que eso último que recuerdo consiste en un descenso interminable, una caída libre a través del agujero de una escalera. Un retazo: los nudillos de mi mano izquierda golpean la barandilla del séptimo piso y los siento y los oigo como si fueran de madera, tac taca tac. Otro: unas enfermeras gritan en el mismo instante en que traspaso la cuarta planta. Otro retazo más: mi cuerpo cae como un saco de lentejas sobre el pavimento, escucho un crack en el hueso occipital, justo ahí, un crack dentro y fuera a la vez, que reverbera en el techo del edificio y vuelve a mí en forma de un calor denso y húmedo que rodea amorosa, mansamente mi cabeza. Así que en ese instante me veo tumbado, desvencijado sobre el suelo con mi cabeza coronada, cubierta, llena de gracia, rodeada por una hermosa gorguera de hilo tejido húmedo que acaricia cálidamente mis orejas. Coro: Y sus ojos abiertos, mirando hacia arriba con el cráneo aplastado contra el suelo. Es entonces cuando la enfermera Louise grita pidiendo ayuda y baja corriendo las escaleras. Uno de sus zuecos sale despedido, golpea la pared y cae rebotando contra los peldaños hasta el primer piso. Es entonces cuando las piernas del hombre se agitan violentamente. Yo acompaño a la enfermera Louise hasta el hall y coloco mi mano sobre su frente. Así que veo luz, la luz que reflejan las paredes de cada una de las plantas, y siento su mano sobre mis ojos. Esos dedos entreabiertos que me traen recuerdos de enormes hojas de palmera, de todas las interminables selvas que no tuve tiempo de conocer, de persianas calientes tendidas a pleno sol guardando habitaciones frescas. Así que veo negro y luz y unos dedos que se mueven muy cerca de mis ojos, lentamente, bailando. Así que de pronto pienso que esa muchacha tiene dedos que hacen cine. Así que observo que lleva las uñas cortas, arregladas con una capa de brillo transparente rosado. Y mi hermosa gorguera impoluta que me rodea, que me cubre amorosamente y me dice bajito que no debo temer nada. Un cuerpo muerto deja de sentirse cuerpo (tronco, piernas brazos, cabeza) cuando es agarrado por cuatro enfermeros fuertes y rápidos que te trasladan del suelo a una camilla. Entonces el cuerpo se convierte en otra cosa, en un saco militar lleno de rifles, en una barca liviana que navega sobre un Nilo tranquilo, en un queso fresco rezumando suero en un cedazo. Y tra-tra-tra-tra, hermosas calles estrechas, t-comp, tra-tra-tra-tra, más calles y más calles, y gentes que caminan y luces que nacen a la altura de la barbilla y desaparecen por la frente. La frente una fuente la barbilla una chiquilla. Muchas luces. Manhattan. Una hermosa avenida de Manhattan de noche, llena de brillantes luces de colores. ¿Cuántas veces hice aquello que no quería? ¿Cuántas veces no me atreví a hacer esto o aquello? t-comp, tra-tra-tra-tra, t-comp, tra-tra-tra-tra, y gente que pasa, corriendo. Y manos sobre mis piernas, mis brazos, mi pecho, y tra-tra-tra-tra, t-comp, tra-tra-tra-tra, t-comp, tra-tra-tra-tra. Y una paz inmensa, templada, que lleva a preguntarme por qué dejé de darme baños con el agua caliente hasta las orejas y lo cambié por esas duchas rápidas, insulsas, profilácticas. Y una paz inmensa, caliente y luminosa. Y es entonces, en ese justo instante, cuando se abre ante mí una selva que sé que es una y todas las selvas, con miles de verdes diferentes y pájaros que cantan, gritan y ululan, y gruesas lianas, y tierra húmeda y caliente, sofocada, que siento fría cuando la ahueco entre mis dedos. Y arriba, unos monitos muy graciosos de cara blanca saltan de rama en rama con sus crías agarradas a la espalda. Arrancan frutas maduras y jugosas, las muerden y escupen al aire sus brilantes semillas.
domingo, 20 de diciembre de 2009
Nurses & Bones
Ocho pizpiretas enfermeras del Coventry and Warwickshire Hospital posan con unos cuantos huesos en 1957. La primera de la izquierda lleva un fémur. Ahú.


